
Relatos de vacaciones
Nuestras merecidas y esperadas vacaciones llegaron por fin. Después de aguantar un julio caluroso, un agosto de Rodríguez y la mitad de un septiembre que se hacia eterno, eterno, eterno, llegó el tan esperado día 15.
Nuestras vacaciones empezaban y no había tiempo que perder. Salimos del trabajo y empezamos la carrera para preparar todas las cosas y marchar al pueblo, nuestro destino infinito de vacaciones. Destino al que siempre volvemos, porque siempre es buena idea dejarse caer por el pequeño paraíso leonés. Y nosotras lo hacemos siempre, siempre que podemos, sólo necesitamos cuatro días y el depósito lleno… y sin pereza ninguna volvemos, y volvemos, y lo hacemos a pesar de que no nos entiendan, de que no comprendan que podamos hacernos mil kilómetros del tirón tan sólo por pasear por el Castillo templario iluminado, tan sólo por beber un poco de agua de la fuente, o por tomarnos un café de pucherín que tanto echamos de menos el resto del año… Pero como decían en no sé qué canción, no esperamos que nos entiendan, no lo necesitamos…
Como novedad este año el Rubio, nuestro querido Tete, se vino con nosotras. A pesar de las maldiciones que nos persiguen con los amigos y el pueblo, que parece resultar una combinación terrorífica, el Rubio se atrevió a venir. Cada día nosotras le decíamos: “pero Toni, te vas a venir en serio?? Mira que luego vas a dejar de hablarnos como todos los amigos que han pasado por el pueblo…” Y él, con su sonrisa pícara y sus ojos de niño pequeño nos decía: “pues si yo desayuno maldiciones todos los días, eso no me va a parar a mí!”
Así que se vino. Sin miedo. Con la promesa de que nos iba a romper la maldición de una vez. Se vino y quedó encantado, como no podía ser menos.
El primer día nos pegamos la maratón del siglo. Salimos sin madrugar por miedo a las lluvias torrenciales. De nuevo, coche, carretera y manta y música y más música y cuatro sonrisas encandiladas atravesando España bajo la mirada protectora del toro de Osborne.
Algo de lluvia, algo de viento y sol por fin para deleitarnos en el viaje.
En algo más de 8 horas nos plantamos en Astorga, la tierra de nuestra madre, la Astúrica Augusta romana, paso obligado de la vía de la plata… tierra de hojaldres, mantecadas, cecina y chocolate…
Ciudad pequeña pero llena de historia y arte por las calles: la muralla romana, la catedral, el palacio Gaudí… sin olvidar el Monte del Teleno, la Esfinge Maragata que decía Concha Espina, ese monte que divisa toda La Maragatería, comarca de León.
Pero no todo va a ser cultura histórica, que también hay que deleitarse con los placeres gastronómicos de estas tierras: iniciamos a Toni en “los cortos”: un vino y un pincho, todo por el módico precio de 1 euro! Algo que no tenemos costumbre por las Catalunyas (¡somos unos desgraciados!) y que aquí es la orden del día… pues ale: hay que aprovechar: ¡qué vivan los cortos y los pinchos!
Dejamos las tierras Maragatas para adentrarnos en el Bierzo, la tierra de nuestro padre y donde nosotros tenemos nuestra “casica”. Dejábamos los “praos” y los campos abiertos de la maragatería y empezaban las montañas, los montes y la carretera estrecha de curvas que nos llevaría a Compludo, nuestro pueblo.
Y allí besos y abrazos, y “cuándo llegasteis??”, y “cuántos días traéis??”, y “ya estáis por aquí otra vez, qué bien!!”, y la gran pregunta del abuelo… “y tu padre??? Cuándo viene???”.
Por fin en casa dejamos los trastos y nos cambiamos: nos vamos de copas con Candi y Carlos a Ponferrada, estamos cansados pero no importa, ¡ya estamos en el pueblo!


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